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Las manos de muchos jóvenes mexicanos alimentan la demanda de heroína en Estados Unidos

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Una mujer trabaja con su hijo a cuestas en un campo de amapola en el estado mexicano de Guerrero. Credit Rodrigo Cruz para The New York Times

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EL CALVARIO, México — Sus diestras manos, pies pequeños y poca altura convierten a Angélica Guerrero Ortega en la recolectora de opio perfecta.

Trabaja a lo largo de la Sierra Madre del Sur donde los vastos cultivos de amapolas cubren las laderas de las montañas. Entre pinceladas de verde, rosa y púrpura, ella se mueve con la gracia de una bailarina por las pendientes.

Aunque es tímida, describe su oficio con buen ánimo. Habla en detalle sobre las delicadas hendiduras en el bulbo y el paciente raspado de la goma, técnicas con las que gana en un día más que sus padres en toda una semana.

Que sólo tenga 15 años no importa para las personas que habitan ese pequeño caserío en la montaña. Si ella y sus compañeros de escuela faltan un día a clases debido a la cosecha, tampoco representa un problema. En un ecosistema laboral de pocas oportunidades, el ingreso pesa más que la educación.

“Es la mejor opción para nosotros. Allá abajo, en la ciudad, no hay nada para nosotros. Ninguna oportunidad”, comenta Angélica, recargada sobre una casa de madera en su pueblo, donde casi la mitad de los niños trabaja en el campo, agrega.

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Angélica Guerrero Ortega, de 15 años, con su hermano en el poblado de El Calvario. Angélica forma parte de los jóvenes que cosechan opio en  las laderas montañosas. Credit Rodrigo Cruz para The New York Times

Como la adicción a la heroína se ha disparado en Estados Unidos, al sur de la frontera es un negocio en expansión, que refleja la problemática simbiosis entre ambas naciones. Funcionarios de los dos países señalan que la producción de opio mexicano aumentó aproximadamente un 50 por ciento tan sólo en 2014, como resultado de la letal combinación entre el voraz apetito estadounidense, los campesinos empobrecidos en México y los emprendedores carteles de la droga que se extienden a ambos lados de la frontera.

Los adictos a los medicamentos controlados en Estados Unidos están buscando drogas más baratas, ya que las medidas contra el consumo de analgésicos han hecho que el costo del hábito sea muy elevado. Asimismo, la legalización de la marihuana en algunos estados ha reducido los precios, lo que lleva a los campesinos mexicanos a cambiar de cultivos.

Entretanto, los carteles se han adaptado. Incursionan lentamente en los mercados estadounidenses que estaban reservados para la heroína de mejor calidad, proveniente del sudeste asiático. Además comienzan a salir de los centros urbanos para llegar a los suburbios y comunidades rurales.

“Los carteles conocen muy bien cómo es la demanda en Estados Unidos”, señaló Jack Riley, subdirector de la Oficina para el Control de Drogas de los Estados Unidos (DEA). “Entienden el problema que tenemos con los medicamentos controlados. Esa es una de las principales razones por las que estamos viendo el crecimiento en la producción de amapola”, agregó el funcionario.

Los resultados de esta problemática sacudieron a ambos países. En Estados Unidos, donde las muertes por sobredosis de heroína aumentaron 175 por ciento entre 2010 y 2014, los políticos y agentes antidrogas están tratando de responder a toda prisa. En México, donde la violencia entre carteles ha crecido en todo el país, ocasionando la muerte y desaparición de miles, el gobierno informa que erradicó una cifra récord de hectáreas de cultivos de amapola en 2014.

Los efectos de esta demanda no se ven en ningún otro lugar como en Guerrero, el estado con mayor violencia del país, donde los carteles rivales están inmersos en una sangrienta guerra por competencia y las desapariciones silenciosas han paralizado la región. Aquí los campesinos optan, cada vez más, por el cultivo de la amapola, ocultando la resistente cosecha en las laderas de montañas remotas.

A duras penas buscan subsistir en lugares como El Calvario donde, como la mayoría de las personas saben, el gobierno es casi inexistente. Los niños participan en la cosecha, por necesidad y conveniencia, con el fin de satisfacer la creciente demanda. Para la mayoría el dinero es demasiado valioso como para ignorarlo, y el terreno difícil es más manejable para aquellos de menor peso y estatura.

El gobernador de Guerrero hace poco comparó a su estado con Afganistán, el productor de opio más grande del mundo. “Estamos casi en la misma situación, aunque sólo somos un estado y ellos son un país”, expresó el Gobernador Rogelio Ortega Martínez, cuyo estado vive el mayor aumento en la producción de opio a nivel nacional.

Pero a diferencia de Afganistán, un país que lucha con más de tres décadas de conflicto, Guerrero no es una zona de guerra sin cuartel. La capital del estado tiene un Burger King y un McDonald’s. También es la región donde se encuentran las famosas playas y hoteles de Acapulco.

Sin embargo, un lugar donde niños como Angélica escalan laderas escarpadas para punzar amapolas y recolectar la goma café del opio, sí presenta una escalofriante similitud con Afganistán. En ambos parajes, el casi inexistente Estado permite que la industria de las drogas florezca.

“No es la producción de droga lo que genera el subdesarrollo”, explicó Antonio Mazzitelli, director de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito en México. “Es la falta de desarrollo lo que genera el cultivo de opio”.

O, como lo dijo un campesino en El Calvario: “Aquí no hay ley. Nos gobiernan los narcos”. Tampoco es que a muchos pobladores les preocupe — o incluso conozcan — el debate más amplio sobre el narcotráfico. Para los campesinos cultivar opio no es tan nocivo. Aquí nadie consume drogas, ni la heroína ni sus derivados, y el pago por la jornada de trabajo en el campo de amapola supera varias veces lo que se paga por cosechar maíz.

El aislamiento genera un cierto desapego. Calvario, aunque sólo está a unos cuantos kilómetros de la capital del estado, es un poblado abandonado al que se llega tras pasar una hora en auto subiendo un camino serpenteante de tierra entre la montaña, bordeado por peñascos y surcos. En el pueblo de unos 100 habitantes, hay un conocimiento limitado del mundo exterior. Algunos campesinos ni siquiera saben para qué sirve el opio.

José Luis García, un vecino de la zona que renta su tierra para el cultivo de opio, preguntó más de una vez qué tenían las amapolas que volvían locos a los estadounidenses. Después de escuchar sobre la epidemia de la adicción en Estados Unidos, García hizo una pausa por un momento para reflexionar sobre la ética de cultivar amapolas: “La culpa no es de los que cultivan el opio”, dijo, “es de los idiotas que lo consumen”.

Durante años, México sólo había sido una ruta de transporte de la droga con destino a Estados Unidos. Además de la amapola, los carteles cultivan marihuana y producen metanfetaminas, ejemplos clásicos de los lazos que vinculan a ambas naciones y que los estudiantes de negocios pueden encontrar en sus casos de estudio. Los carteles pueden quedarse con la mayoría de las ganancias del cultivo y la distribución.

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La casa de José Luis García, un campesino de El Calvario que renta su tierra para el cultivo del opio. Credit Rodrigo Cruz para The New York Times

Para los campesinos que viven en el remoto poblado de El Calvario, el cultivo del opio tiene una cierta lógica. Es una planta resistente, con dos estaciones de cultivo que producen una cosecha modesta en el verano y otra más abundante en el invierno. La venta de su producto en el mercado también es sencilla: los traficantes van hasta donde ellos están, conduciendo sus llamativas camionetas hasta las cercanías del pueblo para comprarle directamente a los campesinos.

Los pobladores y funcionarios señalan que la comercialización está bajo el control del cartel de Sinaloa, el grupo dedicado al narcotráfico más sofisticado y organizado de México. Esta organización delictiva está encabezada por Joaquín Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo.

Su regreso a los escenarios de las drogas es bien visto en las montañas de Guerrero. “Va a traer más dinero a la zona”, dijo García, “va a facilitar las cosas”. En el contexto actual, no es nada sencillo cultivar amapola en esta región mexicana, ubicada a más de 3.048 metros de altura sobre el nivel del mar. Tal vez el signo más tangible de la presencia del gobierno en Calvario sean las distancias a las que los campesinos tienen que ir para ocultar sus cultivos de opio.

Para llegar a las tierras de García, fue necesario viajar durante una hora por un camino lleno de curvas y obstáculos a bordo de un automóvil todo terreno hasta los remotos pliegues de la Sierra Madre del Sur.

Ahí, un mosaico de color cubre una vasta ladera de tallos color esmeralda salpicados de flores blancas, rosas y púrpuras. El siseo de un rociador automático corta el aire, mientras los chorros de agua bañan la pendiente escarpada. Los troncos secos y oscurecidos son un signo de tala reciente para abrirse paso hasta el campo.

La tierra inclinada y lodosa dificulta estar de pie por lo que en muchas ocasiones, los adultos caen cuesta abajo y sufren lesiones, según cuentan los pobladores. Ahí es donde los niños hacen su aparición: su ligereza y tamaño es una ventaja a la hora de cosechar.

A los pequeños no parece importarles. Varios dijeron que el opio era como cualquier otro cultivo que sus padres les mandan a recolectar. Sólo que paga mejor. “No hay muchas oportunidades de ganar dinero”, comentó Arturo Guerrero, de 13 años, sentado junto a sus dos primos. “No podemos ayudar a mantener a nuestras familias si no trabajamos”, aseveró.

La necesidad de trabajo es primordial. Por ese motivo, Arturo y su primo Agustín, de 17 años, abandonaron la escuela el año pasado. Para poder ir a la preparatoria, los estudiantes del Calvario deben vivir en la ciudad vecina de Mazatlán, porque no hay transporte diario.

El gasto, en combinación con la pérdida de sus salarios, es demasiado para sus padres. Los chicos decidieron dejar la escuela y regresar a su casa para trabajar en el campo. “Ya no podíamos ir y venir del campo y además ir a la escuela”, contó Agustín.

Los muchachos hablan de la decisión sin hacer aspavientos, ni mostrar autocompasión. Tienen sueños, por supuesto. Si pudieran elegir qué estudiar, se enlistarían en el ejército, dicen, de nuevo recurriendo al brutal cálculo de la pobreza.

“Cualquier otra profesión requeriría tiempo, preparación y dinero”, dijo Angélica, y añadió que ser soldado es “la forma más fácil y rápida de ganar dinero para ayudar a mi familia”.

Pero la aspiración también tiene que ver con una cuestión de exposición. Han visto a los soldados. El Ejército Mexicano se aparece una vez al año en El Calvario para llevar a cabo las campañas de erradicación, lo que explica por qué los pobladores optan por sembrar sus cultivos en zonas tan remotas.

Aunque parecieran estar atrapados en lados opuestos, los pobladores y soldados se respetan entre sí. Los militares no los molestan, dicen los campesinos, aun cuando sospechen que cultivan opio. La gente de la zona, a su vez, comparte su agua con las tropas que acampan a las afueras del poblado.

Fue en este contexto que los niños se encontraron por primera vez con los soldados. Por un momento los jóvenes del pueblo mostraron su edad cuando describieron cómo, además de un buen salario, la idea de volar en helicópteros, aviones y portar armas de grueso calibre sonaba divertida.

Pero no paso mucho antes de que le pusieran fin a la charla frívola. “De haber podido seguir estudiando, me habría gustado ser soldado”, dijo Arturo, “pero eso ya no es posible”.

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